Birdman o “La Inesperada Virtud de la Ignorancia”

Hoy vamos a revisar la película Birdman desde la perspectiva del sentimiento amoroso. Si bien el film del mexicano Alejandro González Iñárritu, protagonizado por Michael Keaton, Edward Norton y Emma Stone tiene mucha tela que cortar desde variados ángulos, hoy vamos explorarlo bajo el telón de la frase de Raymond Carver: “de qué hablamos cuando hablamos de amor”.
El film comienza con la siguiente reflexión:
– ¿Y conseguiste lo que querías en esta vida a pesar de todo?
– Sí lo conseguí.
– Y ¿qué era eso que querías?
– Considerarme amado y sentirme amado en esta tierra…
Con este abreboca se sirve la mesa para el debate que presenta la historia, entre el ego y el amor. Keaton interpreta a Riggan, un actor venido a menos después de un fulgurante éxito en la gran pantalla, interpretando a un superhéroe en la trilogía “Birdman”. Debemos recordar que Michael Keaton interpretó a Batman. Tal vez su selección para este rol, tuvo una suerte de maquiavélico paralelismo.
La trama se desarrolla en el Teatro St. James de Broadway, para el rodaje el interior del teatro fue recreado en la ciudad de Los Ángeles; de esta manera, se facilitó la grabación de las escenas en la que la cámara sigue a los actores en secuencias continuas por escaleras, pasillos y camerinos, con un fondo musical en el que retumba una batería creando una atmosfera ideal para el cinismo y la tragicomedia.
Al comienzo de la película, en uno de los ensayos de la obra de teatro se introduce en la mente del espectador la idea del amor como un valor absoluto. Se produce el primer corto circuito. Si venimos al mundo para considerarnos amados, para ser mimados por la aceptación y el aprecio de los demás en esta tierra, ¿cómo puede existir un sentimiento absoluto que coexista con la pretensión de mi ego de sentirme amado? ¿no se apoyan todas las construcciones sociales en ese sentimiento de vanidad de ganarse el reconocimiento, la valoración y la estima desde la mirada del otro? ¿qué triunfa en la pugna entre el amor y la vanidad?
A Riggan -el personaje principal-, lo sigue la voz del éxito pasado; una voz ronca, inquisitiva y juzgadora embutida en un traje de héroe alado. Al igual que Riggan, el resto de los mortales tenemos esa voz que pende sobre nuestras cabezas, es la llamada voz de la conciencia racional, no es más que la voz ronca de la sociedad que juzga, compara, establece sistemas de medidas y con un látigo azota cada intención fresca, libre y espontánea que brota del alma.
¿Qué amas cuando amas a alguien?… ¿Amas absolutamente a esa persona? o ¿amas la declaración pública de estar amando? Esto significa que te presentas ante los ojos de los demás como objeto de deseo y amor al estar acompañado conformando una pareja, lo que en lenguaje coloquial se resume a la hilarante frase “¡no seré feliz, pero tengo marido!”.
En una de las escenas, Sam -la hija de Riggan- (Emma Stone), una muchacha malcriada y adicta a la drogas que no consigue darle un sentido a su vida y que funge como asistente de su padre para el montaje de la obra, le muestra un video de YouTube que capta a su padre de noche en calzoncillos corriendo por las calles de Nueva York; un simpático incidente que se da por accidente al quedar la bata de Riggan atorada en una de las puertas traseras del teatro tras cerrarse la misma, mientras fumaba un cigarro, lo que impidió al actor volver a ingresar al auditorio para su escena final. Por lo que se ve forzado al penoso tránsito en ropa interior hasta la entrada principal del recinto. Sam le informa que el hecho fue recogido por transeúntes y subido a las redes sociales, que en un solo día obtuvo 350.000 reproducciones y concluye con la sentencia: “aunque no lo creas esto es poder”.
El mensaje subyacente es que en nuestra época la disputa entre la vanidad y el amor, la lleva ganada la vanidad y prueba de ello es la explosión de las redes sociales, la acumulación frenética de “likes” y seguidores, los “selfies” junto a celebridades, parajes exóticos y excentricidades.
En otra escena la ex-esposa de Riggan al salir del camerino le dice: “… es lo que siempre haces, confundes amor con admiración”.
No es acaso este el error más común de todo amante y no es dicho error producto de la misma vanidad, cuando admiramos algo o a alguien no tendemos a ir hacia… a tender hacia eso que admiramos, que quisiéramos tener más cerca y que intentamos procurar –poseer-, no como la realización del amor sino como la exhibición de un trofeo, pero que contradictoriamente, se desvanece de nuestras manos cuando lo conseguimos, porque lo asimilamos a “la cosa” que ya dejó de transmitirnos satisfacción o encanto, como un bolso de diseñador pasado de moda. Penosamente, esto ocurre con el matrimonio.
Porque con la obtención de lo admirado –bien o persona- ese tender permanente hacia alguien… ese anhelo inagotable se extingue y ya no queda nada, sólo la petrificación de aquella admiración pasada, de ese gusto pretérito. Por el contrario, el amor como absoluto anula la vanidad y cualquier interacción por mínima e insignificante con el objeto del amor de traduce en un hecho trascendental, que llena de alma, que la penetra y que se inscribe en la historia particular de la vida de cada ser humano. El gesto se hace vivencia, la mirada se vuelve calor y el espacio compartido una plataforma para lanzar cohetes siderales. ¿Y es que ignorar la vanidad no es la principal virtud del amor?, ¿cómo hacemos para ignorar la vanidad que es el signo principal de nuestra época?, ¿lograremos la modestia superlativa para llegar a amar?
Pero como ocurre en la mayoría de los casos, en el amor que parte de la vanidad, en el “autoamor” que circula en la sociedad como un billete falso que, de tanto manosearlo se descubren los rasgos de su falsificación de su impostura. De la estafa colectiva que supone el torneo de vanidades.
Inexorablemente, ese trofeo de la vanidad que llamamos “amor” se llena de polvo y de tela de araña, para pasar a guardarlo en una caja en el sótano de los recuerdos y de las experiencias vividas.
Riggan se redime (…y se reinventa a sí mismo, o al menos trata de hacerlo…), y por eso la película, a pesar de dejar un sabor agridulce en la boca, nos refresca con una brisa de optimismo, nuestro personaje demuestra un amor verdadero por su profesión de actor, escribe, dirige y produce su obra de teatro en Broadway; hipoteca su casa para poder pagar los gastos de la representación; confronta en un bar a la crítica más importante de la ciudad e incluso dispara una pistola auténtica sobre el escenario, para añadir al montaje mayor realismo y dramatismo en el estreno de la obra.
¿O no eso también fue hecho por egocentrismo y vanidad, para ser considerado por la crítica y por el público como un actor serio, un artista verdadero, renacido de sus cenizas? Bueno, esa conclusión se las dejo a ustedes.
Espero que sean besados por la “inesperada virtud de la ignorancia”, que no es más que, el conocimiento puro que brota del alma, aquel conocimiento que resulta imposible de conceptualizar, categorizar y sistematizar en el marco del pensamiento racional, que se traduce en el amor a alguien, a una actividad, a la entrega a una pasión.
@piedraconaletas

Birdman o “La Inesperada Virtud de la Ignorancia”