Carta a Nietzsche

Profesor Nietzsche:
Para mí es un placer dirigirme a Usted, con la confianza que me confiere el haberle leído, en esta misiva me propongo comunicarme al hombre sensible y no al filósofo que con sus manos abarrotadas de rayos -como Zeus-, los hizo tronar sobre la tierra y el estruendo seguirá resonando en los siglos por venir.
Es mi propósito entablar una comunicación ”humana, demasiado humana” con el hombre y no con el pensador.
Desde mí punto de vista, y para no perder tiempo, el mensaje más trascendental de su obra es indudablemente la denuncia del nihilismo.
Ese nihilismo como polilla hambrienta devora desde sus cimientos a la sociedad moderna. Ya Flaubert en su “Madame Bovary” retrató estupendamente al nihilismo y sus efectos, pero usted, lo desenmascaró de imprevisto en plena calle, lo desnudó con descaro y sin miramientos. Tal como lo aseveró en más de una oportunidad, la denuncia del nihilismo le correspondía al más grande nihilista.
La educación conservadora impartida por un padre, que partió tempranamente, dejó un surco luterano seguido fielmente por su madre y tías que se hicieron cargo de su instrucción, le inyectaron directo a la vena una férrea doctrina religiosa, la mejor garantía para educarse como un nihilista a carta cabal.
No resulta peculiar que la exploración del mundo se haya iniciado desde la filología, y por ende la necesidad de explicar el universo con sus enigmas, entre ellos, lo inextricable de la condición humana. De ahí que, sus primeros pasos estuvieron embutidos en la teología y la filosofía griega, de las que surgieron los trabajos académicos incipientes, que ya desvelaron algunas semillas de las ideas que se harían robustas con el transcurrir del tiempo. Esos trabajos de inmediato le granjearon la admiración y el reconocimiento en el ámbito universitario.
El descubrimiento de un poro de la realidad trajo necesariamente -como a las grandes personalidades que se desmarcan de su época- la soledad y la incomprensión de académicos, familiares y lectores.
Como demostración del amargo sabor de esa soledad atribuida a la grandeza, aquella fatídica carta de su madre; al leerla me hizo brotar de forma inmediata una lágrima. Mi cerebro no podía procesar que la madre le dijera al hijo, que constituía una vergüenza para su padre y que éste debía estar ¡revolcándose en su tumba!
Muchas veces amando destruimos lo amado. No dudo del amor de su madre, pero la necesidad de dominación de algunos seres humanos los convierte en ciertos casos en personas crueles e implacables. Me resultó desgarrador que su madre invocase la memoria del padre para hacerle saber que la defraudaba. Que todo el legado paterno que giraba entorno a la instrucción y la religión se iba al retrete, ante la mirada absorta de sus seres más queridos.
Después vino la guerra y la enfermedad que le privó de buena salud, introduciendo en su vida el signo de un cuerpo enfermo, representado por jaquecas infernales y la pérdida paulatina de la visión ¡Qué calamidad para un pensador que padezca de dolores de cabeza! Quién puede imaginar a un escritor que no puede leer lo que escribe; pero una férrea voluntad se sobrepone a las circunstancias difíciles y hasta se regodea en doblegar a la adversidad.
Abordemos su pasión por la música y en especial por la opera “Carmen” de Bizet, esta pasión lo delata ante todo como artista, más que como sombrío filósofo cobijado por edificios inmensos de conceptos y sistemas; no hay duda que esa conexión musical contribuyó a pronosticar la calamidad que constituye la razón como fundamento de la Civilización Occidental y no como instrumento de realización o trascendencia de los seres humanos.
La música se siente o no se siente, para aquellos cuerpos sensibles que la sentimos es expresión de vida, es un torrente que palpita y vive como nítida expresión del corazón; considero que ese amor por la música mal, le hizo incurrir en un espejismo, cuando admiró con desenfreno a Richard Wagner. Un músico excepcional pero como buen músico, excesivamente pulsional, insigne representante de una “voluntad reactiva”.
Wagner le siguió el juego al rey que pretendía favores carnales para conseguir el apoyo a sus proyectos faraónicos que caprichosa y recurrentemente borboteaban incesantemente en el pecho del músico.
Honestamente comparto con usted la opinión según la cual: lo más valioso de Wagner, era su esposa Cosima. ¡Con esto queda todo dicho al respecto!
Como muchos, usted confundió la obra de arte con la personalidad y el carácter del artista. ¡Qué difícil hacer la escisión entre el artista y su obra! uno debe llegar a adquirir la frialdad de un embalsamador de cadáveres, para dejarse llevar y arrullarse como un niño por la obra; y al mismo tiempo enfriarse ante el artista y entender que la obra tiene vida propia y esa vida es ajena a quien la produce.
Siento que nunca perdonó el reconocimiento que la época le brindó a Wagner; para hablar con franqueza, a fin de cuentas envidió la celebridad del autor de la ópera “Tristán e Isolda”.
Somos humanos, no es sencillo saberse creador y no ser considerado, y hasta lo que es más grave apartado, atacado y censurado. Mientras, el amigo músico disfruta de las mieles de la fama, consentido en la alta sociedad de la época.
Considero la fase más fascinante de su existencia, ese fugaz, pero profundo tramo de vida que logró la confluencia de tres (3) personalidades brillantes, cada una a su manera dejó un legado invaluable por su perspectiva.
Me refiero a los tres (3) amigos captados en una carreta en una fotografía como evidencia para la posteridad, ellos fueron: Paul Rée -abogado, médico y filósofo-, Lou Von Salomé -feminista y sicoanalista- y Friederich Nietzsche.
Que lástima que el transcurso inefable del tiempo borró, como las huellas en la arena bañadas por la ola, esa conjunción estelar. Hoy sólo contamos con algunas referencias, un puñado de cartas y la versión de cada uno de los miembros de la asombrosa trinidad.
Qué no daría por haber sido testigo de una tertulia entre tales titanes de la filosofía, la sicología y la sensibilidad humana.
Lou no iba a dar cabal cumplimiento al mandato bíblico adjudicado como destino fatal a las mujeres “parirás con dolor y obedecerás a tu marido”; pero me pregunto ¿Por qué pretender que Lou se transfigurase y no permitirle volar con alas propias? ¿Por qué intentar poseer a otra persona hasta el tuétano de sus huesos? ¿Es acaso esa la esencia indiscutible del amor? ¿es que amó a Lou y al amarla necesariamente tenemos que poseer totalmente al objeto amado, como cuando tenemos una bella y exótica ave tropical confinada en una jaula, para que su belleza y perfección sólo agasajen y deslumbren a su poseedor? ¿Es esa la promesa del amor en los seres humanos?
¿Dónde queda su perspectivismo? Esa posibilidad de mirar la existencia desde nuestro punto de vista, para después vivir, sudar, sufrir e, incluso, morir por sus convicciones, pero a la vez tener la amplitud para aceptar las convicciones de los demás -los otros-, que es la base de la tolerancia como fórmula de vida posmoderna.
¿Por qué inmersos en nuestro círculo de tendencias y deseos, declaramos razonables y justas nuestras inclinaciones, pero percibimos malhechoras e insanas las inclinaciones de los demás, tan sólo porque escapan de nuestro círculo de tendencias y deseos?
Después de usted, un latinoamericano llamado Borges arribó a una metáfora muy ilustrativa para representar qué entendemos por realidad. Él dijo que la percepción de la realidad era como pedirle a tres (3) ciegos que describieran un caballo, pero cada ciego había conocido el caballo por una zona diferente, así: el primer ciego dijo que el caballo parecía un ramillete de pelo lacio que vapuleaba de una lado a otro -conocía al caballo por la cola-; el segundo ciego que tenía la forma de una vaca -conocía al caballo por el estómago- y el tercer ciego que sostuvo que el caballo soplaba cálidamente desde un cráneo alargado -conocía al caballo por la cabeza-.
De la misma manera, los individuos creemos en la realidad y veracidad del mundo por la ínfima parte con la que tenemos contacto, sin aceptar y reconocer que nuestra ceguera nos impide ver y apreciar la totalidad del caballo, vale decir, la totalidad de la realidad.
Para cerrar con el amor imposible que representó Lou Von Salomé para su vida, tal vez intento de dominación y posesión de su parte e indomabilidad de parte de ella.
Sin contar con la intervención maliciosa, celosa y egoísta de su hermana Elizabeth; que después del Festival Bayreuth retó y fastidió a Lou sin pretexto razonable, más allá de no soportar la independencia de aquella mujer, inteligente y con una belleza rusa diferente. Todos estos elementos lo distanciaron de esa mujer que dejó una huella indeleble en su vida.
Sostengo que el futuro de la humanidad no se fomentará en los hombros robustos de los hombres, sino en los perfumados y delicados hombros de las mujeres.
El mito de las amazonas no se ha iniciado aún en la faz de la tierra, pero llegará y será un fenómeno jamás visto, y esta premonición tiene una explicación a flor de piel. El hombre moderno está cada vez más dividido -trabajo, familia, política, etc.- sólo procura confort y todo lo mira con el ojo de la utilidad y el rendimiento, ha abandonado más abrupta y trágicamente el cuerpo sensible. Pero ese cuerpo sensible es defendido por las mujeres como eje de sus acontecimientos, por esto el futuro les pertenece a las mujeres, los hombres son cada vez más borregos, mientras que las mujeres son cada vez más sublimes.
Usted como pensador tiene entre sus laureles haber vaticinado el fracaso absoluto del comunismo y del socialismo hace más de cien (100) años en plena euforia del marxismo.
Fuimos testigos de innumerables políticos y artistas de inicios del siglo XX que se tragaron el anzuelo del comunismo y con sumo placer vaciaron sus energías en monumental disparate.
De la misma manera profesor, fue acérrimo enemigo del antisemitismo que se apoderó de Alemania, y que trataron de contagiarle desde el seno de la familia a través de su cuñado, que emprendió proyectos antisemitas en Paraguay.
Usted siempre lo rechazó e instintivamente se apartó de esa ideología discriminatoria. Lamentablemente, su hermana Elizabeth después de su fallecimiento en el año 1900, especuló y manipuló la obra del filósofo para hacerla ver bajo la lupa de las preferencias, necesidades y propósitos mezquinos de la política que dominaba a Alemania. La hermana deseaba brillar bajo el reflejo de la creciente fama de su hermano, cuya obraba comenzaba a dar de qué hablar y fascinaba a propios y extraños.
Concluyo mi carta para manifestarle el móvil más profundo de esta misiva. El mensaje capital de su obra no está contenido en sus teorías -voluntad de poder; eterno retorno; superhombre-; ni en la obra central de su pensamiento “Así Habló Zaratustra”; el mensaje más trascendental lo dio como hombre y de seguidas me explayo en esta idea.
Usted hizo de su vida la más exquisita obra de arte, confió en el carácter artístico de la existencia, en la cual se acepta la presencia del dolor y el sufrimiento, pero al mismo tiempo somos centros sensibles e irrepetibles, es decir, nadie puede morir por nosotros, en consecuencia, nadie puede vivir por nosotros -“Amor Fati”-. En medio de percepciones sentidas y perfectas que nos constituyen.
En esta época moderna donde la vanidad en los seres humanos dicta su modo de comportamiento y donde la única vía de alimentación de esa vanidad es trabajar por los objetivos que la sociedad reconoce poder, dinero, fama y seguridad.
El destino natural de nuestra sociedad es sepultar el centro de sensibilidad perfecta que cada quien es, para suplantarlo por una intelectualización de la sensibilidad, para convertir al hombre y a la mujer posmodernos en unos meros gestores de pensamientos abstractos. Me refiero a una racionalización de los sentidos, a través del dictado de la lógica y la dialéctica. ¡Esto es una catástrofe!
La tarea que se imponen las personas es la de una evaluación constante de oportunidades utilitarias y no la conquista de una circunstancia sentida.
Así, emerge un filósofo fuera del rictus académico que invita a recuperar la jovialidad, a través de la creación de nuestros propios valores, en aquellas circunstancias que responden a la esfera más íntima, sentida y sensible de cada ser humano, como recomienda Ortega y Gasset: “yo soy yo, y mi circunstancia”.
A salvar el entorno con el que nos sentimos vinculados -del que honestamente- formamos parte o estamos perdidos.
Su postura fue la de soltar esos objetivos tan ordinarios y repetidos en toda sociedad, e ir tras los sentimientos más subterráneos de su naturaleza.
Abandonó las clases de la universidad; viajó constantemente persiguiendo los climas favorables para su salud; alcanzó intervalos en que podía volcarse íntegramente a sus pensamientos y a la redacción de su obra; sobrevivió con una modesta pensión universitaria, en medio del silencio de la soledad.
Obviamente sus ideas no fueron comprendidas por los contemporáneos de su época, muchos de los llamados amigos se apartaron y le dieron la espalda, usted aceptó el carácter trágico de su existencia con valentía. Permanecieron fieles algunos amigos y admiradores irrestrictos de su obra. Se le acercaron muchos intrigados por el producto de sus reflexiones, a quienes les comentó sus trabajos, vivió inmerso en contactos y ajetreos propios para la edición de sus libros, en fin cumplió en carne propia lo señalado en su metáfora del camello, el león y el niño.
En su vida como un camello cumplió inicialmente los objetivos de la sociedad como profesor universitario; después luchó ferozmente como un león para desprenderse y sacudirse esos valores ajenos, pesados y vetustos -se despidió de amigos, universidad y factores que lo alejaba de usted mismo-, y, por último, con la inocencia del niño y el candor de la infancia, consiguió el regreso al paraíso perdido y recobró su juventud, a través de la concepción de sus ideas para la posteridad.
Ese retorno al paraíso como el momento en el que dejamos que la existencia ruede de manera lúdica, porque ya nos asimos como náufragos a un mástil, el mástil que justifica la vida en medio del mar de contradicciones y sufrimientos, muy pocos lo consiguen y pueden ver a los demás a los ojos para decirles que están en el lugar de pertenencia, en su proyecto vital, conlleve o no bienestar.
Este es el verdadero mensaje de su obra, el verdadero sentido aristocrático de su mensaje, que en nada tiene que ver con discriminación. Usted apostó por la vida artística, y esa vida artística no es hacia fuera, ser el artista para la sociedad, sino hacia dentro ser artistas de nosotros mismos.
Lo que muchos desconocen, es que una vez que uno consigue congraciarse con su realidad y festejarla realizando las actividades que manan del cuerpo, que conspiran con él y que lo repotencian, lo vigorizan para continuar con la travesía, ese contacto espiritual hace que el todo sea mucho más que la suma de las partes.
La mayoría de los acontecimientos que a los ojos de la gradería son una desventaja o una pérdida, para el artista es la conexión más sentida de su esencia con el entorno. El mejor medio para el desarrollo del espíritu; es rescate furibundo y a toda costa de una “esencia trascendente” que yo resumo en la metáfora “piedra con aletas”.
Lo que vemos en los ojos de los seres humanos es miedo. Miedo por el futuro, miedo por el remordimiento del pasado, pero no observo el rescate de la esencia íntima de la que hablamos.
Lamentablemente, todavía hay pocos oídos lo suficientemente valientes para aceptar este mensaje del filósofo Nietzsche, el hombre y la mujer contemporáneos se debaten entre el pesimismo oscuro de un miedo escalofriante e incisivo, que todo lo aprecia nuboso y fatal. Y por otra parte, el optimismo de cartón que te ordena levantar y mantener una sonrisa clavada al rostro ante cualquier hecho; que te sugiere repetir cien (100) veces para que tu alma lo escuche que todo va a estar bien.
Al final sientes como cuando usas una mascara de plástico para carnaval, engañas a los demás representando algo que no eres, pero por dentro te sabes incomodo, por el sudor en el rostro, no te deja ver bien, estás hastiado y deseas arrancarte esa máscara de una buena vez y salir corriendo de la supuesta ceremonia de celebración.
Lo comprendí como eterno joven, profesor y artista, lo acepté con sus inconsistencias que como a todo ser humano lo invadieron.
Todavía nuestras almas no tienen oídos para asimilar el nefasto efecto que la razón produce en la existencia, al punto que la vacía y elimina la posibilidad de ser libres y por ende de ser creativos ¡nada más y nada menos!
@piedraconaletas

Carta a Nietzsche