BESOS CON MEMORIA

MÍA

Mi reloj marcaba las 5:30. La tarde era despejada y fresca. Salí de mi oficina y tomé un taxi. Me dolía la cabeza y sentía una opresión en el pecho, así que desaté el nudo de mi corbata. Estaba estresado. Me sucede siempre que hay retraso en mis tareas laborales.

Me había citado con Mía para vernos en la cancha de fútbol. El olor a pasto recién cortado y su compañía eran ingredientes infalibles para reconfortarme.

La cancha de fútbol no es un gran estadio. Solo un campo de grama natural enrejado con una pequeña grada con techo de concreto dispuesta a un costado del terreno de juego. En la grada, cuando hay partidos, los padres se aprestan a unirse en grupos para insultar al árbitro, al que tildan de ciego, vendido e hijo de puta. Los progenitores albergan la esperanza de ver a sus retoños convertirse en futbolistas profesionales. Y por qué no firmar algún día un jugoso contrato, como lo hizo el padre de Lionel Messi.

Un grupo de niños corrían en zigzag entre conos anaranjados dispuestos sobre el césped. Mientras que, el entrenador les daba instrucciones con un tono de voz grave, el silbato metálico que colgaba alrededor de su cuello se movía como un perro encadenado que quiere escapar de casa. Los niños no dejaban de crear figuras arbitrarias en sus recorridos entre los conos, sin desdibujar jamás la alegría de sus rostros.

Siempre me esfuerzo por llegar a las citas antes que Mía. Me encanta recibirla en la grada y verla caminar hacia mí. Por ello, alternaba la mirada entre la cancha y las escaleras como cuando miras un partido de tenis. Mía llegó a la grada. Descendió con la vista puesta en los escalones, llevaba unos jeans ajustados y un top blanco con mangas, pero con los hombros descubiertos. A Mía, los jeans le sientan de maravilla, la hacen lucir espectacular. Era uno de mis halagos para la mujer que amaba con locura irresistible.

Me incorporé. Cuando estuvo frente a mí, la besé con ternura en los labios y la abracé como si la estuviese recibiendo en el aeropuerto después de una larga separación. La retuve en mis brazos para impregnarme de su olor como el gato que roza una mejilla en su ama y ronronea. Ya comenzaba a olvidar el pesado día de trabajo en la oficina. Su presencia me reconfortó.

Mía estaba risueña. Se mostraba motivada. Sus hermosos ojos brillaron de manera inusual. Me comentó acerca de un nuevo proyecto en el que estaba imbuida. Estaba feliz. Yo, intentaba mantener el hilo de la conversación a pesar de estar absorto en su belleza indescriptible. Me sentí privilegiado por tener a mi lado a esta mujer como compañera.

De pronto, sin haberme detenido a pensar en ello, se apoderó de mí una singular cavilación: ¿Este beso que nos dimos hoy en la cancha de fútbol, frente a unos niños revoltosos, pudiese ser nuestro último beso? La sola idea de imaginarlo me hizo sentir un vacío en el estómago.

Realicé un nuevo esfuerzo por mantener el hilo de la conversación. Asentí con el rostro para mostrarme imperturbable. Sin embargo, mis pensamientos volaron: ¿Existirá un contador de besos en cada relación? Y, si así fuere, ¿cómo irá ese cronómetro de besos o “cronobeso” que, en lugar de medir el transcurso del tiempo mide la cantidad de besos de cada pareja? ¿Mía y yo estaremos al principio o al final de nuestro inventario finito de besos? ¿Nos quedarán 100 besos, 50 besos o sólo 10?… ¿Y si solo nos quedan 5 besos?… Esta idea me torturó.

Mía se percató de mi angustia. Me preguntó si me pasaba algo. Parpadeó incesantemente para hacerme notar que algo me ocurría. Le confesé que cuando salí de la oficina no me sentía bien. No fue mi mejor día. Le hice un breve resumen de mis complicaciones laborales sin profundizar mucho en los detalles. Le tomé la mano y la besé. La tranquilicé y luego le dije que ella era el único remedio para todos mis pesares, que estaba feliz de solo verla y tenerla cerca.

Mía me pidió que sonriera. Sacó su teléfono celular, acercó su mejilla a la mía y nos tomamos una “Selfie”.

LOOP

Me desperté con una gran pesadez en el cuerpo. Sin motivación, con pocas ganas de salir de la cama miré la hora en el despertador que compré en “Amazon Essentials”. Eran las 6:03 de la mañana. Siempre me digo que voy a programar la cafetera, pero jamás lo hago. Así que, caminé medio dormido hasta la cocina, llené de agua y café la máquina y me volví a acostar. Antes de regresar por el café caliente, caí dormido por unos veinte minutos más.

Coloqué mi taza grande de café con un pitillo metálico -es lo que aconsejan para no manchar los dientes- en la mesa de noche de mi cuarto. Tomé mi teléfono celular. Miré la fecha en la pantalla. Marcaba cuatro de octubre. ¡No puede ser! -me dije a mí mismo- ¡Esta fue la fecha de ayer! Este iPhone debe estar desprogramado. Ya “Apple” no es la misma sin Steve Jobs.

Acicalado y despreocupado, salí de mi apartamento. Tomé el ascensor. Y me encontré -como el día anterior- con mi vecina la señora Elena y su viejo perro beagle. Ella me da los buenos días y me interroga acerca del clima. Me sorprendo un poco cuando Charlie -su mascota- husmea por el ascensor de manera idéntica a como lo había hecho el día anterior. Y, como ayer, le respondí: “¡Buenos días Sra. Elena! Si le soy sincero, no tengo ni la más mínima idea de si hoy lloverá, ni siquiera alcancé a ver las noticias esta mañana”.

Luego, le deseé un feliz día a la Sra. Elena. Salí al estacionamiento, tomé mi auto y me dirigí a la oficina. Debe ser una casualidad -me dije- ¿Hasta dónde la rutina puede hacerte pensar que un día es idéntico a otro?

Llegué a la oficina. Mis sospechas se despejan cuando veo a todos vestidos igual que ayer. Con asombro y algo de temor, bajo la mirada y compruebo que llevo la misma ropa que el día anterior.

En la recepción, Alejandra me entregó un sobre y Milena me ofreció una taza de café -tal como lo hicieron ayer-. Con una voz dubitativa interrogué a ambas en voz alta: ¿Muchachas, qué fecha es hoy?… Me respondieron en coro: cuatro de octubre.

Confundido y, con lentitud, recibí la taza de café, sentí el calor entre mis manos heladas. Atónito, di pequeños pasos dudosos -como los que da un niño perdido en un parque- parallegar a mi escritorio. ¡No lo podía creer! Estaba en un “loop”. En una repetición del mismo día.

UN MES EN REPETICIÓN

Cuatro de octubre. Nadie se percataba de la repetición del mismo día. ¿Por qué deberían darse cuenta? La única persona en el universo que se quedó atascada en las mismas 24 horas soy yo. Para el resto de la humanidad existiría un cinco de octubre y un seis de octubre. Para mí, era una repetición infinita del cuatro de octubre, una y otra vez, eternamente.

Tras cumplir un mes despertando el mismo día sabía de memoria la rutina de todos los que me rodeaban. Dejé de ir a la oficina a trabajar. El transcurso del tiempo ya no tenía nada que depararme. Perdió sentido para mí. No tenía una obligación o meta que cumplir en el futuro; no anhelaba una celebración como un cumpleaños, asistir a un concierto o a un matrimonio; no esperaba un logro personal o laboral. Ya nada tenía que ser construido, preparado o anticipado. Solo existían veinticuatro horas del mismo día. Mañana volverá a ser cuatro de octubre. Este era mi destino fatídico. Pero aún no lo aceptaba. No estaba resignado por completo.

Reflexioné, y me sentí afortunado. Porque estaba con Mía en la cancha de fútbol y la amaba con todo mi ser. ¿Se imaginan que ella estuviera de viaje o enferma? ¿Que el día infinitamente repetido me hubiese dejado sin acceso a Mía? ¡Uff! ¡No quiero ni imaginar esa pesadilla! Sería un infierno si no estuviésemos juntos en la repetición del mismo día.

Me pregunto si acaso este miedo incontrolable que me llevó a pensar en la existencia de un “contador de besos” y cómo podrían ir agotándose los besos de nuestra relación, ¿me condenó a despertar siempre el mismo día, para verme con Mía y besarla? No podría saberlo. Yo solo sé que hay que tener cuidado con lo que se deseas, porque lo puedes conseguir.

Durante el primer mes de la repetición, resolví no contarle a Mía lo que me pasaba. Intentaba resolver el problema por mis propios medios.

¿Qué ganaría con involucrarla en esta tragedia? Que intentara junto a mí vencer el “loop” con consecuencias fatales: Mía podría morir si se queda conmigo hasta la medianoche o quedar en otra repetición en un día distinto y jamás volveríamos a vernos. Inclusive, quedarnos en otra dimensión en la que no nos conociéramos.

En algún momento, pensé en la existencia de un gran ser ordenador del universo que está experimentando conmigo y me puso en esta situación. Como un “juego de Lego®”, donde las piezas se arman y rearman arbitrariamente, a juicio del jugador del universo, del gran ordenador. Pensé que, tal vez, todos los seres humanos pasamos por esto en algún instante de nuestras vidas. Pero, el resto de la humanidad -para quienes el tiempo transcurre de forma lineal- no se entera del “loop”. Existía la posibilidad de que la regla fundamental de este juego perverso sea, precisamente, que sientas la soledad de estar atrapado en un día repetido, mientras todos avanzan con sus vidas.

¿Cómo puedo superar esta prueba a la que la vida me ha sometido sin mi consentimiento? Me vino a la cabeza que, en una tribu indígena, los adultos dejan abandonados a los adolescentes en medio de la selva y deben regresar por sus propios medios a la aldea: ¿será como esa iniciación de la adolescencia a la adultez en la tribu? En otros ritos, el chamán del clan se acerca con un cuchillo afilado a los jóvenes a hacerles la circuncisión para demostrar que son dignos de convertirse en miembros adultos del grupo. En mi caso, me cortó el transcurso progresivo del tiempo. Entonces, ¿cada uno de nosotros debe -como prueba- quedar atascado en un día que se repite infinitamente, según sus miedos o deseos, para demostrar que es digno de ser un adulto en la tribu? ¿Y, una vez que se haga digno de ser “adulto”, puede seguir avanzando el tiempo?

Nadie sabe cuándo ocurrirá el día de la repetición. A mí me ocurrió después de temer por la posibilidad del último beso con Mía, de preocuparme por el agotamiento de nuestro arsenal de besos. En fin, esta perpetua repetición es ¿un castigo o una bendición? Recordé a un profesor de la universidad que alguna vez me dijo: “Que independientemente de nuestra fe, hay tres paradigmas para ver el mundo, bajo la creencia en la existencia de Dios”.

LOS TRES PARADIGMAS

El primer paradigma es: “Dios es Omnipotente”.
Dios está en todas partes, lo ve todo y lo puede todo. La voluntad de Dios es un misterio para la inteligencia humana, pero si algo sucede o deja de suceder, es por voluntad divina. Y, esa intención, la podemos resumir en la frase: “El tiempo de Dios es perfecto”. Bajo este paradigma, si haces el mal, Dios te va a castigar. Si a una persona o una nación le sucede algo malo, es por castigo divino. Las personas que se inscriben en este paradigma, cuando se hallan delante de la calamidad ajena, se dicen así mismos: “Algo haría en la vida para estar viviendo esa tragedia”. Incluso, cuando los pueblos son azotados por terremotos o pandemia, llenos de muerte y desolación, la gente lo atribuye a la mano de Dios, a un castigo del cielo.

El segundo paradigma es: “Dios es Impotente”.
Dios está en una pelea contra el diablo. Existe una afrenta entre el bien y el mal. Y él -Dios- te pide ayuda para que te unas en la lucha por el bien. Cuando las personas fijan su creencia bajo este paradigma, los malos son: los ricos, las empresas transnacionales, el aborto, la homosexualidad, el cambio climático, los asesinos seriales, el imperialismo… la lista se nos hace interminable. Ustedes la pueden continuar por mí.

El tercer paradigma es: “Dios es un Indolente”.

Dios hizo el mundo. Hizo al hombre y la mujer, los animales y todo lo que hay sobre la tierra. Luego, Dios se retiró. Ya no está. Dios se fue y dejó a sus hijos con su creación. Ahora, nos toca a los seres humanos como tecnócratas en un mundo en crisis resolver problemas. Sin moral ni leyes. No esperes nada de Dios. Él se limitó a darte la vida y la tierra. Es tu responsabilidad resolver qué haces con lo que Dios te dio. No hay que luchar contra un mal predeterminado, solo existen obstáculos que sobrepasar con éxito o fracaso. Somos técnicos para enfrentar y resolver problemas mientras vivimos.

Bajo el primer paradigma de “Dios es Omnipotente”, no tengo nada que hacer. Solo me resta esperar que el misterio de la voluntad divina obre y propicie la ruptura de la repetición, comience a rodar el tiempo y algún día pueda despertar -con el favor de Dios- en el día cinco de octubre.

En el caso de la segunda premisa, “Dios es Impotente”, no puedo hacer nada tampoco. Porque para librar una batalla contra el mal -cualquiera que sea lo que identifique como el mal sobre la tierra- necesito que el tiempo transcurra para construir mi obra por el bien de la humanidad. Se me hace necesario el transcurso del tiempo para sembrar y cosechar. En 24 horas que se repiten de manera infinita no puede nacer un niño, no puedo cultivar una planta para que dé sus frutos, ni puedo descubrir la cura contra el cáncer. No tengo en mis manos la posibilidad de evolucionar o progresar hacia una meta. Estoy estancado en el mismo día. Como en “El Día de la Marmota”-el pésimo título de la película de Bill Murray del año 1.993- donde el protagonista, al igual que yo, bajo un sistema de ensayo y error se propone diferentes metas que debe intentar y procurar en el mismo día. Claro, con un tono de humor irreverente y banal. A mí, nada de lo que sucede me dan ganas de reír.

Cuando repasé el tercer paradigma “Dios es Indolente” porque creó el mundo y nos abandonó a nuestra suerte, para que resolvamos problemas, se me ocurrió una idea: ¿Qué tal si logro vencer al tiempo a través del espacio?

LA RUPTURA DE LA REPETICIÓN

Luego de tomar un par de Whiskies, tomé mi vehículo a las 11:40 de la noche. Me dirigí a la autopista principal de la ciudad. Apreté el acelerador del auto. Me sentí como Michael J. Fox en el “DeLorean”, en la película “Back to the Future”. Comencé a salir de la ciudad. Miré el reloj en el tablero digital de mi auto. Marcaba las 11:55 p.m. Me embargó un entusiasmo -sin ninguna justificación- y pensé que lo podría lograr. Controlé el miedo a perder la vida si sucedía algo inesperado, como quedar parado en medio de la autopista sin el auto y ser atropellado o, chocar con una pared invisible por llegar al límite del espacio que se me concedía con respecto al tiempo disponible en mis veinticuatro horas del día cuatro de octubre. Por mi osadía, podía morir o desaparecer en otra dimensión. Recordé a Mía. Imaginé que llegaría al día cinco de octubre, le contaría todo, reiríamos y continuaríamos con nuestras vidas juntos.

Volví la mirada al tablero del auto. Ya eran las 11:59 p.m. No había otros vehículos en la cercanía. No causaría daño a otras personas si algo trágico sucedía. Aceleré aún más. Mi cuerpo se llenó de valor. Apreté los puños sobre el volante. Miré al frente y de pronto una luz blanca e intensa me encandiló, no podía ver más allá del interior del vehículo. Estaba enceguecido. Pensé que se trataba de un autobús con las luces altas que se aproximaba por la vía contraria. Me equivoqué. Súbitamente, me hallé en mi habitación, acostado sobre la cama, sudoroso y, con el corazón desbocado palpitando y; las manos extendidas como si sujetara aún el volante del auto. Giré la cabeza hacia mi barato y odiado despertador de “Amazon” y miré su marcador digital “12:01 a.m. OCTUBRE 04”.

VIAJE A LA PLAYA

Acepté la limitación espacial que me impuso la repetición. Solo podía desplazarme hasta donde el tiempo de un día me lo permitiese. Una mañana, sin meditarlo, llamé temprano a Mía y le dije: “Nos vamos a la playa. Toma tu traje de baño, los lentes de sol y lo que se te ocurra”. Mía titubeó al hablar, pero accedió.

Mientras empacaba las cosas en mi morral, calculé el tiempo que nos tomaría llegar a esta playa paradisíaca que alguna vez visité cuando era niño. El viaje en auto es de ocho horas -cuatro horas para ir y cuatro horas para regresar-, disponíamos de mediodía para viajar, disfrutar de la playa y regresar a la ciudad.

No me podía permitir -bajo ninguna circunstancia- desaparecer a las doce de la noche delante de Mía. No sabía a ciencia cierta cuáles pueden ser los efectos sobre otra persona de la luz incandescente. Era un riesgo que no estaba dispuesto a correr.

Mientras llevaba el volante, Mía y yo conversábamos y reíamos, distendidos. Ella posee un humor oscuro e inteligente, que me reta y me hace disfrutar cada instante a su lado. En este estado de felicidad mutua, me era imposible no pensar en el futuro.

¿Qué pasa al día siguiente del cuatro de octubre? ¿Desaparezco súbitamente de la vida de Mía? ¿Sufre por mi pérdida? ¿Mañana seré borrado de su vida sin que ella nunca se entere que estuvimos juntos? ¿Mía intentará contactarme en vano? ¿Qué será de ella sin mí en su vida?

No tengo manera de saber cómo es la vida de las personas que me rodean luego del cuatro de octubre. ¿Será que para el resto de las personas que aprecio el tiempo fluye, mientras, yo, estoy estancado en la repetición? Solo me resta especular.

Llegamos a un pequeño muelle. Estacionamos el auto. Era un día de semana. La isla que íbamos a visitar está casi desierta en esos días. Solo los fines de semana venden comida y refrescos en una suerte de chiringuito. Por lo que compramos ocho botellas de agua mineral.

Tomamos una embarcación desvencijada con un motor fuera de borda que costó un mundo encender. Un hombre, a modo de capitán, y su esposa -ambos bronceados y joviales, con lentes de sol y franelas de surfistas de manga larga- prestan el servicio de traslado a los cayos o islotes. Navegamos durante unos 15 minutos.
Conversamos acerca de la vida y el trabajo a orillas del mar. Pactamos con ellos para que regresaran por nosotros en cuatro horas. Les dije que debía estar esa noche en la ciudad, que por nada se retrasaran o me meterían en graves problemas.

No había nadie en la isla. Buscamos una palmera frente al mar. Extendimos una toalla azul – muy delgada y de mala calidad- con dos delfines saltando que, alguna vez, compré por emergencia en algún viaje a la costa. Ante la brisa constante, colocamos las botellas de agua y nuestros bolsos sobre la toalla.

Tomados de la mano, nos metimos al mar. El agua era tibia y transparente. Nos reímos y suponíamos que pasaríamos la vida juntos. Arrullados por un oleaje gentil, nos abrazamos y nos besamos.

¡Qué paradójica es la vida! Nunca sabes cuándo estás viviendo el momento más feliz de tu vida. En definitiva, para reconocer cuándo disfrutas con plenitud el hecho de estar vivo, deberíamos asumir la vida con cierto grado de sorpresa o humildad.

Luego de bañarnos en el mar, nos sentamos sobre la toalla de delfines. Olimos la brisa. El cabello largo de Mía, empapado por el agua salada, goteaba y, sentimos los granos de arena de la playa cuando nuestros muslos rozaban. El mar era imponente y me comunicaba la fragilidad de la realidad, pero para mí todo encajaba de manera perfecta.

Nada fuera de la toalla azul de delfines me importaba. El mar podía convertirse en un muro gigante e infranqueable. La arena, transformarse en arena acuosa y movediza. Podría escuchar balas silbando por encima de nuestras cabezas. Nada rompería este momento mágico en la playa con Mía. ¡Fuimos felices!

Todo salió como lo había planeado. Almorzamos en el muelle, regresamos a la ciudad y dejé a Mía en su casa a las 9 de la noche.

LAS EFÍMERAS

En algún momento, vi en YouTube un breve documental de la BBC sobre un insecto llamado “efímera”. La efímera es parecida, en su última fase de vida, a una libélula. Tiene un tronco alargado con alas, antenas en su cabeza y una cola que se parte en dos o tres filamentos.

La efímera en estado de larva, pasa la mayor parte de su vida sumergida en el fango, bajo el agua. En su estado adulto o “imago” sale del agua y vuela para buscar pareja. Para ello, realiza una especie de danza en el aire con el propósito de atraer a la hembra. Cuando la efímera encuentra pareja, ambos insectos se elevan para dejarse caer abrazadas girando en el aire. Ejecutan una suerte de baile de vals.

Este ritual de apareamiento y procreación es una lucha contra el tiempo, ya que las efímeras tan solo viven veinticuatro horas como adultos. Lograda la fecundación, la hembra deposita los huevos en el agua. Luego, ambos ejemplares alados mueren.

Llegué a mi casa a las 9:37 de la noche. Me acosté sobre la cama. Miré el techo. ¿Cómo había cambiado mi vida? Hoy me siento feliz porque pude aprovechar el espacio y el tiempo con Mía. Tomé el auto junto a la mujer que amo, visité una playa hermosa y consumé momentos de perfección sublime.

Me embargó un sentimiento ambiguo. Por una parte, me sentí gozoso y realizado. Por la otra, estaba apesadumbrado. ¿Cómo pude vivir ese paraíso fugaz? ¿Cómo hago permanente esa satisfacción infinita, atascado en la repetición del mismo día? Estoy condenado al aburrimiento. Debo vivir el mismo día eternamente. ¡Qué tortura!

Me sentí arrobado por todo lo que me rodeó en el paseo. Sentí una pertenencia total a lo vivido con Mía. Pero, al mismo tiempo, me embargó la nostalgia por la condena al hastío en la repetición que se ha convertido mi vida.

Me dije en tono de recriminación: “Valoras tanto este día en la playa con Mía porque tan solo dispones de 24 horas… Jamás vas a conocer Alaska junto a Mía, ni el desierto del Sahara, ni tampoco iremos a China.”

Luego, refuté mi argumento: “Con esta mujer a mi lado mi mundo es vasto y espléndido, no necesito, ni deseo nada más”. Logré -como un pez dentro de su pecera- sentirme pleno con las limitaciones que el tiempo y el espacio me impusieron. No añoré nadar en el mar abierto. Sabía que ese espacio que me fue dado, delimitado por las paredes de cristal de mi pecera, al fin y al cabo, era mi espacio como ente existente y debía fabricar una ilusión en él.

No importa que los elementos decorativos de mi pecera -como el buzo y el cofre del tesoro, que abre su tapa cuando expulsa burbujas- sean de plástico y no pertenezcan al mar. Ahí me había tocado vivir y estaba en mi espíritu la posibilidad de crear momentos sublimes. No iba a dejar pasar esta oportunidad. Como ente que existe fui arrojado a esa pecera.

Mía y yo fuimos lanzados a esa isla. A esa playa. En ese instante, logramos ser una efímera. Aquella tarde soleada sobre la toalla de delfines junto a ella, mi mujer amada, sentí mi mundo completo. Sentí el baile de vals en el aire que ejecutan las efímeras. Y, ambos, caímos girando abrazados fundidos en un sentimiento que escapa a las palabras.

Este tiempo de perfección sublime que les narro, no fue proveído solo desde el exterior, sino que lo construí combinando elementos externos -realidad material- con elementos internos que pertenecen a mi mundo interior, a mi espíritu.

¡Y por qué no decirlo! Aquella tarde perfecta la edifiqué con la potencia de mi espíritu. Solo el ser humano es un ente transformador y, como ser que transforma, tiene la capacidad de ser un creador a partir de poco. ¿Qué faculta al ser humano para erigirse como transformador a partir de poco? Su potencia espiritual. Su capacidad de construir castillos en el aire, para habitarlos sin derrumbarlos.

Luego de ese día puedo morir como una efímera por haber cumplido mi destino espiritual. Nuestro destino espiritual se define en momentos, que a pesar de su fugacidad, son perfectos para nosotros.

¡Qué larga me parece ahora la vida del ser humano! ¡Cincuenta, setenta o cien años para vivir es mucho tiempo! Tal vez, estoy influenciado por el encierro en mi “loop”. En la eterna repetición de mi singular día. Me parece muy larga la vida porque tan solo dispongo de un día repetido. Todavía no sé si estoy envejeciendo, debe pasar más tiempo para reconocer signos de envejecimiento. Esto puede convertirse en un problema a largo plazo. Tendré que inventarme una enfermedad para justificar una apariencia de veinte años mayor a los que realmente tengo… ¡Bueno eso es algo por lo que no puedo preocuparme en este instante!

Si la ciencia logra extender la vida de los seres humanos a mil años en promedio, cuando alguien muera a los 300 años de edad, diríamos sin estupor: “¡Falleció en la flor de la juventud! ¡Tenía toda la vida por delante! ¡Se nos fue prematuramente!”
Como seres humanos, tal vez, por soberbia, siempre queremos más. Nunca nada es suficiente. Carecemos de la humildad de aceptar lo que la existencia nos provee y anhelamos extender nuestras limitaciones hasta el infinito –incluyendo, por supuesto- el tiempo que nos ha tocado vivir.

SUCEDE ALGO INESPERADO

Me encontraba en la cancha con Mía en mi habitual y repetida tarde del 04 de octubre. Jamás me aburría de disertar con ella de lo que fuere: desde temas profundos y filosóficos hasta los acontecimientos banales de la prensa rosa. Me sentía relajado y confiado a su lado. Entretanto, sonó mi teléfono celular. Nunca había recibido una llamada a esa hora desde que el mismo día se repite sin cesar. Era inusitado. Me asusté. Me levanté de manera brusca, miré a la cancha, me excuse con Mía. Le dije: “Debo atender esto, puede ser algo importante”. Me alejé de ella con pasos rápidos sobre la grada.

– ¿Aló? ¿Quién habla? -dije con un tono de voz elevado e inquisidor-.

– Es tu mamá… ¿No te apareció mi número?… ¿Estás Ocupado?

– No mamá, no me apareció tu número en la pantalla, -le dije con un tono de decepción-.

– Sucedió algo terrible… Ha fallecido tu tío Pablo… Estoy en su casa. ¿Puedes pasar por aquí, por favor?

– Estoy con Mía. Le voy a pedir que me deje allá. Nos vemos en una media hora.

Colgué y me senté en la grada. Necesitaba algunos momentos para procesar la llamada con la noticia de la muerte de mi tío. ¡Qué tonto fui! Anhelaba una llamada clave -al estilo de la película “Matrix”- en la que se me informara que el tiempo comenzaría a transcurrir de manera lineal de nuevo. ¿Cómo es posible que se incorpore un evento nuevo a mi realidad, si la repetición debe ser idéntica con respecto a los demás?

Todos mis días son iguales. Todos los cuatro de octubre sucede lo mismo a mi alrededor. Yo puedo moverme en ese espacio a mi antojo: puedo escoger irme a la playa con Mía, ir a la oficina, al parque o quedarme en mi casa. Pero el resto de la humanidad hace lo mismo. Nada cambia en las noticias, ni en la bolsa de valores o en las redes sociales.

Es el primer cuatro de octubre en que sucede algo inusitado, fuera de la repetición. ¿Esta llamada pudo ser propiciada por mis acciones? No me lo puedo creer.

Me acerqué a Mía con lentitud. Ella intuía que no eran buenas noticias. Mi cara se lo dijo todo. Le conté lo que me informó mi mamá. Me dio un abrazo. -Siento la partida de Pablo- me susurró al oído, me dio un beso tenue en los labios. Le pedí que me llevara hasta la casa de mi tío. Mi cabeza no paraba de barajar hipótesis sobre la llamada telefónica y la muerte de Pablo.

Llegué a casa de mi tío. Mi tía me abrió la puerta, con la nariz y los ojos enrojecidos, me dio un abrazo. Le dije que lamentaba la pérdida de mi tío Pablo. En la sala, mis primos estaban compungidos, hacía unos instantes la funeraria había retirado el cuerpo para hacer los preparativos para el velatorio. Esto exaltó los ánimos y todos estaban muy afectados.

Busqué a mi madre en la cocina, estaba preparando un café bien cargado.

– ¿Qué le pasó? -le murmuré entre dientes, casi de manera ininteligible-.

– ¡Fue un infarto fulminante!… Eso que ya se había hecho un cateterismo. ¡Qué tristeza tan grande!

Bajé la cabeza y salí a la sala. Mis primas y mi tía estaban en el patio conversando con algunos vecinos y familiares que se habían acercado a dar sus condolencias. Sobre una de las sillas veo un puñado de hojas de cuaderno escritas a mano. Las tomo y comienzo a leer. Más tarde, me enteré que se trataba de una suerte de memorias breves escritas a puño y letra por mi tío. De alguna forma, presintió que su final estaba cerca. Como una premonición, quiso recordar y escribir los pasajes más intensos de su vida.

No sabía que mi tío en su juventud había escrito y montado una obra de teatro. La escribió, la dirigió, colaboró en la construcción de la escenografía, planificó el marketing e incluso repartió panfletos. Me enterneció cómo describió con todo lujo de detalles esta aventura artística. A mí tía le dedicó dos párrafos de cuando se conocieron y enamoraron y a sus hijos, un párrafo.

EL DESPERTADOR

En duermevela, miré de reojo el despertador eran las 4:14 a.m. La fecha era 05 de octubre. Me exalté. Me restregué los ojos. No lo podía creer. ¡La repetición se había roto! Lancé el edredón al suelo, me senté al borde de la cama y miré -para confirmar- la fecha en el teléfono celular. Me levanté. Estaba ansioso. Caminé por el apartamento. Encendí el televisor y miré programas de noticias internacionales para constatar que en buena parte del mundo era el día 05 de octubre.

Dominado por una alegría incontenible, lloré. ¡La pesadilla había terminado! Todo volvería a la normalidad. ¡Me reinscribí en la línea del tiempo! ¡Volví a ser parte de la humanidad! Seré testigo -para bien, o para mal- de los efectos del transcurso del tiempo en eventos de efectos planetarios como: la erradicación del uso de los combustibles fósiles, la eliminación de la banca en la custodia de los activos de los ciudadanos producto de la aplicación de la tecnología “blockchain” y las criptomonedas, de la violación de la privacidad de las personas por el uso indiscriminado de los datos biométricos y la huella digital por parte de gobiernos y empresas privadas. Envejeceré y, moriré.

LA TRAGEDIA

Me decidí a llamar a Mía -después de tomar tres tazas de café- a las 7 a.m. Al no encontrar su registro telefónico en mi celular, marqué de memoria su número. La contestadora me indicó que no estaba asignado a ningún usuario. El pánico se apoderó de mí. Me lavé la cara y me cepillé los dientes. Sin bañarme ni afeitarme, me puse un pantalón deportivo Adidas®, un par de “sneakers” New Balance® y una franela blanca. ¡Tengo que ir hasta su casa!

Por la premura, me estacioné en un lugar prohibido y señalizado frente a la casa de los padres de Mía. Dando un vistazo al espejo retrovisor, acomodé un poco mi cabello, mientras me digo a mi mismo: “Esto no puede estar pasando, Mía tiene que ser parte de esta nueva realidad”.

Corrí hasta la puerta de la casa. Toqué el timbre. Me hacen esperar, aunque escuché pasos dentro de la casa. Me abrió la puerta su mamá -la Sra. Justina-.

– ¡Buenos Días! ¿Qué se le ofrece joven? -la mamá de Mía me trató como un desconocido que tocó a la puerta de su casa-.

Miré mi reloj de manera involuntaria. Eran las 7:30 a.m.

– ¡Buenos Días señora! Si es tan amable… ¿su hija Mía ya despertó? … es … es que la llamo pero no tengo manera de comunicarme con ella.

– Muchacho no tengo hija, solo un hijo Carlos. -me responde la Sra. Justina con mucha comprensión en su tono de voz-. Carlos era el hermano menor de Mía. La luz de los ojos de su mamá.

– Disculpe la molestia -le dije estupefacto-.

Le di la espalda y salí corriendo con el corazón en la boca hacia el automóvil. Manejé hasta la cancha de fútbol y, sentado en la grada me puse a pensar: Mía no existía. Se reinició el transcurso del tiempo, pero sin Mía en esta nueva realidad. Me invadió una palidez desconcertante y con los dedos entrelazados apretando sobre mi cabeza lancé un: “Maldita sea”.

Recordé que había tramitado la constitución de la empresa de Mía. Así que fui directo hasta la oficina de registro de comercio, busqué en el archivo el expediente de la compañía anónima. La sociedad mercantil tampoco existía. Luego, comprobé -también- que el número de documento de identidad de Mía estaba asignado a otra persona.

Mis peores temores fueron confirmados. Mía no forma parte de mi nueva realidad. Sentí como si la mano de un gigante apretara con todas sus fuerzas mi estómago.

Como pude salí de la oficina de registro comercial, crucé la calle y me senté en una banca en una plaza pública y lloré -inconsolable-, como un niño que rompe su juguete favorito, ante la mirada displicente de los transeúntes. No me importó, el dolor me desbordó y sentí que lo perdí todo. Estaba destrozado, roto por dentro.

UNA DÉCADA

Han transcurrido diez años desde la ruptura de ese retorno infinito e incansable del mismo día 04 de octubre. Recuerdo como ayer aquella mañana en la que desperté exaltado y confirmé que era 05 de octubre. Antes de la repetición, estaba cargado de temores e incertidumbre acerca de mi relación romántica con Mía. ¿Quién podía suponer que el beso por el fallecimiento de mi tío Pablo sería el último beso de Mía? No quería dejar que mi vida fluyera naturalmente. Estaba aterrado.

Y, ese miedo se plasmó en la idea acuciante del “contador de besos”. ¿Cuándo sería nuestro último beso?… ¿Cuántos besos quedaban por darnos?… Detrás de esa sensación de desasosiego sólo se escondía una necesidad de controlar nuestro destino como pareja. Intentaba tener la seguridad de construir un amor perpetuo con Mía. Sentí un deseo intenso de hacer que nuestro momento de pertenencia mutua -representado por el beso- pudiese ser aprehendido infinitamente.

Cuando crees en la posibilidad de controlar e inclusive de conspirar con aspectos materiales de la realidad para condicionar la duración de tu relación romántica, te metes en un callejón sin salida.

La manipulación de elementos materiales de la realidad jamás te da acceso a los aspectos espirituales que impregnan un amor perdurable. Porque los resortes del espíritu -necesarios para la perpetuación del amor- se encuentran fuera de cualquier rasgo tangible de la existencia.

Con el transcurso de los años, he podido comprobar que aquella recurrencia temporal del mismo día, constituyó un reto espiritual sin precedentes para mí como ser que existe. Sin aquella repetición continua del 04 de octubre jamás hubiera podido llegar a las conclusiones que hoy les relato en estas líneas.

Por una parte, atesoré vivencias con Mía de complacencia infinita, desde conversaciones triviales y espontáneas en la grada de la cancha de fútbol, hasta el paseo a la playa. Estas vivencias todavía las llevo conmigo y las recreo en mis ensoñaciones. Para mí, esos recuerdos son tesoros invaluables. En la repetición, fui capaz de estar presente y observar el brillo de los ojos de Mía cuando estaba feliz, el temblor en la comisura de sus labios cuando estaba tensa y, llenarme de gozo cuando soltaba una carcajada inesperada. Logré desarrollar una suerte de sentido para captar la realidad del ser humano que me acompañó.

En una línea temporal cotidiana, hubiese estado agobiado por las tareas del mundo pragmático de la utilidad, el beneficio y la autoconservación. Jamás hubiese captado a Mía como mujer, como ser dotado de voluntad en toda su dimensión.

Para mí, nuestros momentos sublimes, sean cotidianos -conversación en la grada de la cancha- o extraordinarios -viaje a una isla paradisiaca-, quedaron inscritos en mi espíritu. Esos instantes majestuosos son como una suerte de talismán, que saco ceremoniosamente de un estuche de cuero, apreto entre mis manos -con los ojos cerrados- y valoro con todas mis fuerzas.

Por otra parte, anhelaba regresar al transcurso del tiempo como lo experimentan todas las personas, sentí que resultaba indispensable para volver a ser un humano.

Lo más probable es que de no haberse dado esa repetición de lo mismo, no hubiese abrazado mis potencias espirituales. Por abrazar, quiero decir, hurgar en lo más profundo de mi espíritu y recurrir a mis facultades de ilusión y fascinación. Sacar de la chistera -como un prestidigitador- elementos que no me proporciona la realidad objetiva para explorar y desarrollar mis potencialidades místicas a través del sentimiento amoroso.

Solo por efecto de vivir el mismo día -una y otra vez- conocí el amor hacía Mía porque desarrollé una capacidad dormida en el fondo de mi espíritu que le confirió memoria a nuestros besos.

Después de la repetición, vencí el temor a perder a Mía, porque ese miedo partió desde un deseo -limitado y mundano- incompatible con el amor, de dirigir el destino de nuestra relación, cuando nos solazamos en la vivencia del sentimiento amoroso no damos cabida al cálculo racional.

A través de ese “rehacer circular”, pude calmarme y conquistar la memoria de mis besos como un sello de mi espíritu, que se forjó desde la pasión de amor desinteresado. Por medio de mi experiencia en el eterno retorno, cultivé la humildad de reconocer que el transcurso del tiempo solo puede ratificar o no mis potencias espirituales, inscribirlas sobre una roca en fuego o esparcirlas como cenizas al viento.

Solo las vivencias con Mía en la repetición del mismo día, me permitieron reconocer a la mujer a la que amo desenfrenadamente. Su pérdida -con el reinicio de la línea del tiempo- me permitió valorar la importancia espiritual de mi amor por ella.

De no haber vivido el retorno del 04 de octubre, no hubiese salido del área del miedo, de expectación, de incertidumbre. No me hubiese visto obligado a explorar y escarbar en lo más profundo de mi espíritu para sopesar y valorar los chispazos en la cotidianidad con Mía. Esos destellos de luz en la vida ordinaria son como cuando acudes a una venta de garaje y te topas con una obra de arte. Cuando amas a alguien, puedes crear condiciones favorables para la chispa, pero nunca sabes qué acontecimiento va a quedar inscrito en tu espíritu como un momento de paroxismo sublime.

El amor por sí mismo no es eterno. La chispa -los momentos estelares- quedan inscritos en tu espíritu, y es él -el espíritu- el que derrota al tiempo y transfigura ese amor -con fecha de caducidad- en una experiencia eterna. Es ahí, cuando surgen los “besos con memoria”.

Un acontecimiento -que escapó a mi control- que puedo llamar destino, Dios o azar, sacó a Mía de mi vida. No hay manera, en esta nueva realidad, de reunirme con Mía. Se esfumó para siempre de mi existencia. Solo me resta confiar en que Mía viva en otra realidad en la que sea feliz.

En algún momento, me topé con la frase de San Pablo (2 Corintios 4:8-9) que reza: “Nos vemos atribulados en todo, pero no abatidos; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no destruidos”. En tal sentido, el ser humano puede ser derrotado y, de hecho, en la vida puedes contar con la constante de la derrota y solo, excepcionalmente, se triunfa.

Nuestra sociedad, de ganadores y perdedores, quiere vendernos la idea que existe un grupo de hombres y mujeres superdotados que, siempre ganan. Unos “superhombres” bendecidos por la constante de la victoria. Esto es una falacia de dimensiones descomunales. Por regla general, los seres humanos perdemos y, por excepción, ganamos.

Todos, de manera innata, somos perdedores. Para comenzar, perderemos nuestro bien más preciado, la vida. Entramos en ella sabiendo que moriremos, que seremos polvo. De hecho, existimos, para reconocer y aceptar que dejaremos de existir. La vida no es una línea recta. La vida es movimiento: una constante adaptación al cambio. Quizás, debamos sentir toda pérdida como una ganancia que transforma.

Si logramos vivir en el sentimiento de nuestro espíritu -aun perdiendo- ganamos y, a través de él -del espíritu- logramos transfigurar un beso en un “beso con memoria”.
Enrique Guillén @piedraconaletas

BESOS CON MEMORIA